Mar 16,15-18 Entonces les dijo: "Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. Mas El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Mar Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; Mar podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán".
miércoles, 6 de julio de 2011
LAICO TESTIGO VERDADERO DE LA COMUNION
El título de esta meditación es de por sí muy rico y nos dice mucho desde nuestra espiritualidad específica. Cada una de estas palabras merece una reflexión muy atenta.
Los que estamos aquí sentados tenemos un dato en común: somos laicos. Y aquí se nos dice que los laicos debemos ser "testigos encarnados de la comunión" en el mundo.
No hace falta ser muy perspicaces para darnos cuenta de que el anhelo más profundo del hombre de nuestro tiempo es la comunión, aunque no siempre se dé cuenta. Leemos en Reconciliatio et paenitencia (n° 33) que una mirada "suficientemente aguda, capta en lo más vivo de la división un inconfundible deseo, por parte de los hombres de buena voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en muchos una verdadera nostalgia de reconciliación, aún cuando no usen esta palabra". Por otra parte, también nos dice el Papa en otro documento que "la humanidad de hoy, condenada frecuentemente a vivir en situaciones de masificación y soledad sobre todo en las grandes concentraciones urbanas, es sensible cada vez más al valor de la comunión: éste es hoy uno de los signos más elocuentes y una de las vías más eficaces del mensaje evangélico" (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 43).
Bastan estas citas para darnos cuenta de la importancia que tiene en el mundo de hoy el valor de la comunión, ese valor que nuestra comunidad recibió como un don con el mandato de custodiarlo y de hacerlo fecundo.
Y este mandato tiene que ser llevado a cabo desde nuestra identidad de laicos, que "hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (I Jn. 4, 16).
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